A través de un largo tiempo fueron sucediendo hechos que me llevaron a pensar: ¿Cuanto necesitamos de alguien y cuanto necesitamos de nosotros mismos? Desde que uno es chico desea ponerse de novio o empezar a conectarse con personas del sexo opuesto (o del mismo) en busca de una satisfacción, a saber: ser querido o amado por alguien, compartir lindos momentos, crecer al lado de alguien, la experiencia de vivir cosas nuevas estando en pareja… hasta que un día decidimos que esa persona que está al lado nuestro este para toda la vida, eso significa elegir a una persona dentro de los miles y millones de personas para contarle nuestros problemas, nuestras necesidades, nuestros triunfos y nuestros fracasos. El tiempo pasa y vemos como ese sueño que creíamos inocente se transforma en una institución: la familia.
La convivencia, los primeros fin de semana, las primeras vacaciones, y todas las demás primeras cosas que uno empieza a sentir que todo tiene un sabor diferente.
El amor crece y la relación se nutre de pasión, hasta que se toma la decisión de darle vida a una persona, y que lleve nuestra misma sangre, suena hermoso con solo recordar ese día no?
Una vez que nace ese fruto, sentimos que es la fuente de energía para nuestro ser, es el motor de nuestro corazón para soportar la rutina que a diario estamos obligados a soportar.
Pasas años mirando a ese nuevo integrante de la familia a los ojos y cada minuto que pasa lo ves un poquito más grande… y te sentís la persona más feliz del mundo.
Pensas tanto, que hasta te olvidas de vos… ya tus problemas pasan a ser secundarios porque lo más importante es ese ser de luz, y los problemas de pareja pasan a segundo plano.
El desgaste de la relación por pensar en cómo llegar a fin de mes, a que colegio va a ir, que vida le voy a inculpar, lleva a que todo se convierta en una bomba de reloj. Un reloj que las semanas las cuenta como segundos y que los años los cuenta como horas, hasta que llega el día que decís HASTA ACA LLEGUE.
Por tu cabeza pasa en que si es la mejor decisión que podes tomar, ya que, esa persona que creías que era la solución para tu vida se convierte en el enemigo número uno a exterminar, encrucijada.
Con todo lo que pasas en el día discutiendo sabes que podrías escribir un diario de guerra y que tal vez sea un buen best-seller, pero es tanta la pólvora que hay en tu cabeza, que por tanta chispa algún día debía combustionar… y combustionó.
Tomaste la decisión de empezar una nueva vida, y no tenes dieciocho años… llegaste a los tan nombrados cuarenta… y ahora que?
Hace mucho tiempo que no veías a la soledad, esa soledad de la que tanto te quejabas y que hoy la pedias a gritos. Sabes que empieza una nueva vida, y que un día volviste a nacer, sabes que no estás en condiciones de decidir, pero también sabes que el reloj es terrible.
Pasas la mejor película dominguera por tu cabeza y te armas una enorme lista con todas las cosas que quisiste hacer y no hiciste… el arma no es la solución eh!! Pero de a poco se van a ir dando las cosas y hasta te vas a poder dar el lujo de (salvando las distancias) sentirte un chico mas. Tu primera cita, tu primer llamado por teléfono, y volver a hacer todo como si fuese la primera vez… que desafío!!
No nos olvidemos de nosotros y en lo que nos hace sentir vivos, porque quizás podamos decir que lo importante de esta vida no es el desenlace sino el final, el saber que nos sentimos bien y que a pesar de todo, el volver a empezar significa un volver a nacer.
Desde unos cuantos escalones mas abajo...
Christian Valdiviezo
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